El alzhéimer y otras demencias, una epidemia discreta

De vez en cuando surge una de esas amenazas sanitarias que aterrorizan a sociedades enteras. Son fenómenos susceptibles de ser amplificados por los medios, gracias a que cuentan con elementos que excitan fácilmente la imaginación colectiva. Vacas que comen vaca y eso hace que se transformen en peligrosos agentes “esponjacerebros”. O virus que saltan desde la humilde gallina para acabar con nuestras vidas.

Muchos titulares y periódicos vendidos, y, sin embargo… Como bien afirmaba en su día Esther Samper, analizando un artículo titulado “El regreso de las vacas locas”,  “…el titular más adecuado sería: ‘Mueren dos personas que se infectaron por el mal de las vacas locas hace 8 años’ Pero no hay susto ni actualidad y tampoco consigue las lecturas del titular con ‘ el regreso de las vacas locas'. Resulta mucho más rentable poner un titular alarmista..." Así, una enfermedad que ha matado en todo el mundo lo mismo que matan los paros cardíacos en un solo día en España, pobló las pesadillas del ciudadano carnívoro durante buena parte de los años 90. Y lo mismo (y con cifras de mortalidad semejante) se aplica para esa gripe aviar que hizo que los más alarmados llegasen hasta el punto de eliminar el apretón de manos de sus reglas de cortesía.

Mientras tanto, hay verdaderas epidemias que, por su falta de espectacularidad, pasan desapercibidas y que son bastante más preocupantes. Las demencias, por ejemplo. Resulta que, entre alzhéimer, demencias vasculares o afecciones frontotemporales, tenemos hoy 44 millones de personas afectadas de demencia en el mundo, pero que para 2050 estaremos hablando de 135 millones, 135 millones de personas que verán severamente mermada su calidad de vida y la de sus familias, y que impondrán un coste importante a las arcas públicas (se estima que el coste hoy de las demencias ronda los 500.000 millones de euros). Hablamos de una patología cuya prevalencia media ronda el 6% de la población, con Latinoamérica ostentando el dudoso récord de la prevalencia máxima entre áreas (8,5%).

Con este panorama, no es raro que cada vez sean más las voces institucionales que exigen una mayor atención al problema de las demencias, en forma, entre otros, de la elaboración de planes nacionales, de la coordinación global de una política sanitaria al respecto y de un incremento de los recursos dedicados a la investigación. Para ilustrar este último punto, tengamos en cuenta que los recursos en investigación sobre el cáncer son del orden de 30 veces los dedicados a las demencias.

Eso sí, hasta que esa concienciación política llegue, y dado que es mejor prevenir que curar, nos queda a los que nos acercamos a una edad peligrosa introducir en nuestras rutinas hábitos cerebro-saludables, a saber:

Cuidar la alimentación

Realizar ejercicio físico exigente

Aprender a combatir el estrés

Entrenar sistemáticamente el cerebro

Es decir, practicar el Brain Fitness. Que no sea porque desde Unobrain no lo repetimos con asiduidad.