Cada día somos más tontos

Somos más tontos. No tú, lector. En general. O, al menos, somos menos inteligentes de lo que solíamos ser, si circunscribimos la medida de la inteligencia a lo que uno obtiene en uno de esos tests para averiguar su cociente intelectual (CI).

Como aquello de “las casas nunca bajan” que tanto suele escucharse durante las burbujas inmobiliarias, la tendencia creciente en los CI mundiales, el conocido como efecto Flynn, ha sido dogma de fe. O lo ha sido hasta ahora, pues la línea suavemente creciente en la evolución histórica de los CI (3 puntos más de media por década desde los años 30 del siglo pasado), parece estarse rompiendo. Así, que sepas que en las últimas décadas nos hemos dejado, de media, 1 punto de nuestro CI, y que, de seguir así, perderemos otro tanto antes de 2050.

¿Preocupante? Mirado de este modo, a vista de pájaro, no demasiado. Hablamos de un cambio pequeño que puede ser superado gracias a más educación, una nutrición más completa y, en general, unas mejores condiciones de vida (estos son los factores que han impulsado históricamente el “efecto Flynn”). El problema surge cuando descendemos un poco, lo suficiente como para distinguir entre los grupos humanos que forman esa media mundial cuyo CI muestra una merma tan suave.

A ras de tierra lo que llama la atención es lo que está ocurriendo en el mundo occidental. Hay estudios que apuntan a que la pérdida ha sido mayor y más sostenida, 14 puntos desde mediados del siglo XIX, de acuerdo a una investigación de la Universidad de Amsterdam, investigación que encuentra apoyo en otros estudios en países como Dinamarca o Gran Bretaña.

Aquí, en el mundo occidental, los propulsores del efecto Flynn van perdiendo relevancia. Los efectos de una ligera mejora en la educación o en la nutrición en una población bien educada y nutrida son marginalmente pequeños, y cobran importancia otros efectos. La demografía, por ejemplo. Concretamente, la tendencia de las mujeres con mayor nivel de educación a tener menos hijos. Según este controvertido argumento, sostenido en el estudio holandés, un mayor nivel educativo estaría correlacionado con un mayor coste de oportunidad en la combinación de trabajo y maternidad, y también con un nivel mayor de inteligencia.  Por tanto, las mujeres más inteligentes tienden a tener menos hijos, con lo que la inteligencia media va bajando con cada generación.

El carácter poco democrático de este argumento no lo invalida, sólo lo hace un poco desagradable. Si se tuviera en pie, y pensando que el mundo menos desarrollado tiende a seguir el camino emprendido por el desarrollado, esto sí sería preocupante. En cualquier caso, tratar con medias supone correr el riesgo de que los lectores individuales se sientan aludidos. Obviamente, son multitud las madres de familias numerosas inteligentes y educadas y abundan las obtusas de familia pequeña. Dicho eso, a todas y a todos nos vendría bien sacarle el mayor partido al cerebro que nos haya tocado en suerte.

Por cierto, ¿le has dado al tuyo su ración diaria de Unobrain?