Para el cerebro, mejor pocas calorías que demasiadas

No es difícil intuir que la obesidad no debe de ser particularmente buena para nuestros cerebros. De hecho, hay unos cuantos estudios que sustentan esta intuición. Por ejemplo, el de un equipo mixto sueco-norteamericano, que en 2008 examinó el estado mental de un grupo de seniors californianos cuyo diámetro abdominal había sido medido casi cuatro décadas antes.  Estos investigadores encontraron que el porcentaje de aquellos con diámetros más generosos se les había diagnosticado demencia era muy superior a los delgados en la misma penosa condición.  De hecho, establecieron que los orondos tenían tres veces más probabilidades de escuchar el fatídico diagnóstico que los sujetos más delgados.

Y es que, más allá de factores genéticos, un cuerpo rollizo puede afectar a la salud cerebral favoreciendo, por ejemplo, la apnea del sueño, un problema que limita la llegada del óxigeno al cerebro; o elevando la presión arterial, o causando diabetes o problemas coronarios, enemigos declarados del cerebro.  Así pues, un exceso de calorías es nocivo para nuestras funciones cognitivas hoy y peligroso para nuestra salud cerebral.  Ahora bien, sabiendo que, como nos enseñaban los clásicos, la virtud está en el justo medio, ¿podemos decir lo mismo de una dieta baja en calorías?

Pues, en principio, no. Al menos si atendemos a los resultados del estudio realizado por investigadores del MIT, la escuela de medicina Howard Hughes y el Instituto Picover, y publicado hace pocos meses. Este estudio demostró en ratones que la limitación de calorías en la dieta contribuye a limitar la pérdida de tejido nervioso mediante la activación de la enzima sirtuína 1. En estos ratones infranutridos se observó cómo tardaban más que sus congéneres mejor cebados en desarrollar condiciones asociadas a la neurodegeneración.  Y, lo que resulta más interesantes, otro grupo de ratones a los que se le administró un compuesto que activa la sirtuína 1 obtuvieron los mismos beneficios sin necesidad de morirse de hambre.

¿Un futuro prometedor? Tal vez.  Pero para que ese medicamento mágico llegue desde los ratones hasta nosotros, igual pasa tiempo.  Mientras tanto, ¿qué tal no jugársela a una carta y empezar a entrenar con Unobrain?