Honestos de mañana y tramposos de tarde

Pensar en nuestra vida como tal, como un proceso continuo con principio, nudo y desenlace, no es sino otra de esas ficciones que nos ayudan a tratar con el mundo. Con un poco de serenidad, uno tiene que admitir que no comparte demasiados anhelos, valores, miedos, y hasta gustos estéticos con aquel jovenzuelo que hace décadas que feneció para dejar paso a quien hoy mira al mundo con más canas y tranquilidad. Con el reemplazo de cada célula de aquel joven se reemplazaron puntos de vista y procesos mentales, de manera que, como en la paradoja clásica, somos el barco de Teseo, pero no lo somos.

En fin, muy filosófico todo eso de la desconexión entre pasado, presente y futuro, válido tal vez como discusión nostálgica de café, pero un asunto poco práctico. Porque, a corto plazo, yo he sido yo, soy yo y seré yo. Por ejemplo, puede que mi idealismo juvenil me hiciese más honesto hace dos décadas de lo que soy (o tal vez fuese al contrario), pero, en circunstancias normales, sería de locos pensar que mi yo de esta mañana era más honesto que mi yo vespertino. 

¿O no?

Muchos investigadores en ciencias sociales viven con la intuición de que el grado de moralidad no es constante durante la jornada. La fiabilidad de sus estudios está condicionada por la honestidad de los sujetos a la hora de dar sus respuestas, y la impresión es que esa honestidad se va desgastando a medida que pasan las horas. Hace unos meses,  Maryam Kouchaki, de la Universidad de Harvard, e Isaac Smith, de la Universidad de Utah, se propusieron poner a prueba esta hipótesis. Sometieron a un grupo de estudiantes universitarios a una serie de tests que, haciendo pensar a los sujetos que se les evaluaba por una tarea determinada, en realidad lo que medía era en qué medida estaban reportando sus resultados con honestidad.

Por ejemplo, uno de los ejercicios consistía en presentar una serie de puntos en la pantalla de un ordenador. Los estudiantes debían decir si había más puntos a la izquierda o a la derecha. El elemento interesante es que si había más puntos a la derecha los estudiantes recibían una recompensa, lo cual era un incentivo para hacer trampa y decantarse por la derecha aun en el caso en que la densidad de puntos fuese claramente mayor al otro lado. 

Pues bien, tal como se olían Kouchaki y Smith, el grupo de estudiantes que pasaban las pruebas por la tarde se mostraba significativamente más tramposo que el grupo mañanero.  Por si acaso, repitieron el experimento online con un buen grupo de usuarios de internet, obteniendo resultados muy similares. Buscando una explicación a esta “rotura biográfica” a corto plazo, se apunta a que la combinación del cansancio y del desgaste que produce la toma repetida de decisiones morales durante el día puede hacer mella en el auto-control moral del individuo, favoreciendo la mentira y la trampa como respuesta.

Un hallazgo este de la jugarreta ética de nuestros cerebros cansados que es relevante para las organizaciones particularmente dependientes de la honestidad de sus empleados o clientes, y también para quienes tienen en sus actos morales un elemento importante de su propia estima.

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