La ínsula cerebral tiene mucho que decir sobre la ludopatía

Cualquiera que haya tenido que vérselas con una adicción, sea como adicto, como familiar o como terapeuta, sabe que atajar un comportamiento adictivo no es fácil. Para empezar, porque para influir en los efectos hay que conocer medianamente las causas, y una adicción nunca tiene una sola causa, sino que suele nacer de la interacción de elementos genéticos y ambientales, presentes y pasados. Por eso es importante una estrategia integrada que pase por, de primeras, aislar esos elementos para poder afrontarlos con garantías de éxito.

En ese sentido, un estudio reciente de la Universidad de Cambridge ha desvelado un factor constitucional importante para la presencia de una ludopatía. Y es que más allá de los avatares personales de un ludópata, quien desarrolla este tipo de adicción tiende a sufrir un sesgo cognitivo muy determinado, consistente en evaluar incorrectamente las posibilidades de ganar en un juego de azar. Tenemos, por ejemplo, el efecto “casi acierto”. Así, apostar a un número en la ruleta y que la bolita aterrice en un número cercano puede hacernos pensar que en la siguiente tirada, si apostamos al mismo número,  hay grandes posibilidades de ganar. Naturalmente, salvo que la ruleta esté trucada, esa sensación es irracional. Como irracional es el efecto opuesto, el de compensación, que hace creer que hay más posibilidades de obtener cruz en el lanzamiento de una moneda si ha salido cara en los tres lanzamientos anteriores. O la sensación de control que hace pensar al jugador que soplar a los dados antes de tirarlos incrementa la posibilidad de sacar un número determinado.

Pues bien, en todos estos sesgos puede intervenir, según los investigadores de Cambridge, una ínsula hiperactiva. Así lo deducen después de haber sometido a grupos de individuos con daños en distintas zonas cerebrales a distintas tareas ligadas al juego y observar que sólo quienes tenían dañada la ínsula no exhibían este tipo de sesgos cognitivos. Una jugarreta, y nunca mejor dicho, por parte de ese órgano cerebral, vital a la hora de ligar las emociones a los procesos racionales de decisión, y responsable de eso que llamamos intuiciones, tan necesarias normalmente, tan peligrosamente engañosas, como en el caso que nos ocupa.

¿La buena noticia en todo esto? Que si, efectivamente, la ínsula tiene su parte importante de responsabilidad en los males del ludópata, tendremos vías de ataque, tanto farmacológicas como comportamentales, con herramientas como con terapias basadas en la meditación mindfulness, que tan en boga está en estos tiempos. Un rayo de esperanza para las familias afectadas por esa lacra que es la ludopatía.