Leemos más y nos enteramos menos

Tiempos vertiginosos estos. Nos cuesta asimilar la ingente cantidad de información que vomitan nuestras pantallas, a todas horas, en todas partes. Una cuestión de volumen, pensamos, nada que una buena estrategia de selección no pueda solucionar. Y, sin embargo…

El hecho es que nuestro cerebro no es sustancialmente diferente del de aquellos antepasados que corrían por la sabana hace 200.000 años. Si acaso más pequeño, un 10% más pequeño, algo que ocurrió hace unos 10.000 años y que se atribuye a la agrarización de la sociedad. Es un cerebro evolutivamente cocinado para la realidad del cazador-recolector africano, no particularmente equipado para el trepidante desarrollo cultural de los últimos siglos. Regularmente equipado, por ejemplo, para leer.

No hemos nacido con una circuitería cerebral específica para la lectura. Para poder leer tenemos que dedicar a la tarea áreas cerebrales que evolucionaron para otra cosa, como para reconocer objetos físicos, sin ir más lejos. Así, tendemos a pensar en la lectura como una actividad abstracta, pero, en realidad, el cerebro interpreta los signos como si fueran objetos. No sólo eso, sino que vemos el texto entero como un paisaje. Por eso los alfabetos iniciales estaban basados en representaciones de objetos (algo que aún hoy nos susurra el sinuoso serpenteo de la ese). Y por eso los libros funcionan casi como mapas, y somos capaces de ubicar lo leído de un modo topográfico. Hay un elemento físico en la lectura, un elemento en el que el mismo tacto actúa como recordatorio.

Esa fisicalidad se ha perdido con el texto electrónico.  Y no sólo eso, sino que el tamaño de las pantallas y la posibilidad del hiperenlace han acabado con la estrategia lineal de asimilar información. Así, tendemos a aplicar una estrategia de “muestreo”, barriendo el texto en busca de palabras-ancla que nos permitan obtener de manera rápida un sentido aproximado del mensaje. Puede que esta estrategia sea útil para despachar los cientos de correos electrónicos, mensajes de texto o tuits con los que tenemos que enfrentarnos diariamente, pero es escasamente adecuada para tratar con argumentos o narrativas de cierta complejidad.

Desgraciadamente, esa estrategia de supervivencia lectora está, como esas especies extranjeras que una vez introducidas en un ecosistema local acaban con la fauna autóctona, contaminando seriamente la manera en la que tenemos de enfrentarnos a textos de cierta complejidad intelectual. Particularmente alarmados están muchos docentes, que ven como la capacidad de comprensión del alumnado es cada vez menor, y un buen número de neurocientíficos, como Maryanne Wolf, autora de Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura, un libro indispensable para quien quiera profundizar en este fenómeno.  No es extraño, pues, que de la misma forma en que la preocupación por los efectos de la comida rápida en la salud individual y social hizo que surgiera el movimiento de la “slow food”, esta degradación en la comprensión haya hecho nacer el “slow reading”.

Entre apocalípticos o integrados, en Unobrain elegimos más bien estar entre estos últimos. Sin embargo, no despreciamos argumentos de mérito, y el “slow reading” es una tendencia que, la verdad, nos intriga. Estaremos atentos a cómo se desarrolla y te lo contaremos, paciente lector (si es que has llegado hasta aquí y no has levado las ancla-palabras para acudir raudo o rauda al siguiente foco de atención).