¿Por qué si te rascas tú me pica a mí?

Pocas cosas hay tan observables y tan molestas como el ‘contagio’ del picor. Sí…, es justo eso que nos pasa cuando vemos a alguien que se rasca y de repente nos pica todo y también sentimos la necesidad imperiosa de rascarnos… Y la cosa puede ir más lejos, sin necesidad de ver a nadie ya que sucede lo mismo con tan solo ver la imagen de una piel irritada o cuando escuchamos ciertos sonidos, como por ejemplo el que hacen algunos insectos.

A pesar de lo evidente que es, se sabe poco sobre los mecanismos que están en la base de este frecuente fenómeno de la transmisión audiovisual del picor. Los hallazgos más relevantes y el estado de la cuestión han sido recientemente revisados por Christina Schut y varios colaboradores, quienes recientemente han publicado un interesante artículo de revisión en Frontiers in Human Neuroscience (2015). Los primeros trabajos realizados por Ogden y Zoukas (2009) y Papoiu y colaboradores (2011) demostraron que ver a otra persona rascarse producía un aumento significativo de las veces que los participantes se rascaban tanto en personas sanas como en personas que sufren dermatitis atópica, aunque en estos últimos las zonas del cuerpo que más se rascaban estaban más lejos del eje central del cuerpo, mientras que en los sanos se daba la tendencia contraria (es decir, rascarse zonas del cuerpo más próximas al eje central del cuerpo). Esto significa que el contagio del picor no sería específico de la localización que vemos rascarse.

Se ha planteado que la empatía podría tener un papel importante en la explicación del ‘contagio del picor’, siendo uno de los mecanismos implicados el de las neuronas espejo. Estas neuronas se activan cuando observamos a alguien llevar a cabo una acción o un gesto, ‘como si’ nosotros también lo estuviéramos realizando. Así, podría ser que este sistema jugara un rol en el picor contagioso como también se ha planteado su participación en el contagio del bostezo. No obstante son sólo hipótesis y serán necesarias nuevas investigaciones que arrojen luz sobre esta cuestión. De hecho, los escasos estudios que se han realizado utilizando resonancia magnética cerebral han mostrado que cuando vemos a alguien rascarse (en un vídeo) se activan de forma más intensa áreas como el tálamo, la corteza somato-sensorial primaria, la corteza premotora y la ínsula, relacionadas con la percepción de sensaciones y el movimiento.

Existe otra posible explicación al fenómeno, centrada en lo que conocemos como condicionamiento clásico. Lo que viene a decir, según explican los autores del artículo, es que determinados estímulos visuales como hormigas, urticaria en la piel, etc., actuarían como desencadenantes del picor (sin ser necesaria la liberación de histamina propia de la picadura de mosquito).

Pero, ¿somos todos iguales de sensibles a este fenómeno de contagio? Pues según cuentan los autores, algunas investigaciones han encontrado diferentes variables moderadoras, como la personalidad o el estado de ánimo negativo. Por ejemplo, parece que el picor guarda una relación positiva con la ansiedad, y por otro lado el neuroticismo o inestabilidad emocional parece ser una variable importante en la intensidad del picor en el caso de los participantes sanos (sin enfermedades de la piel).

Esperamos que lo único que os haya picado hasta ahora sea la curiosidad. Si aún os estáis rascando, os animamos a practicar técnicas de relajación o ejercicios de concentración como un ‘experimento’ personalizado con el que reducir los picores… ¡ánimo!   ;-)

Imagen: srgpicker (Pixabay)