El Síndrome E

Desde hace mucho tiempo me sentí atraída por la Segunda Guerra Mundial. Este interés, que aún mantengo, no se centraba tanto en sus aspectos políticos, económicos o militares, como en el intentar comprender cómo el ser humano puede convertirse en un monstruo capaz de asesinar, sin control ni piedad, a sus congéneres de una forma tan extrema. Pero en la Historia hay, desgraciadamente, multitud de ejemplos de masacres humanas perpetradas por individuos que, en ocasiones, han sido incluso ensalzados por ello de parte de las autoridades. Así, en el siglo pasado no sólo está la muerte de millones de judíos a manos de los nazis, sino que las mismas cuestiones me surgen ante las matanzas étnicas en Ruanda o Srebrenica en los años 90 o de los aproximadamente dos millones de personas desaparecidas durante el mandato del dictador camboyano Saloth Sar en la década de los 70.

Por supuesto, por aquellas fechas y mucho antes de que yo asistiese a clases de Psicología en la universidad, ya había otras personas que se dedicaban a investigar las bases del comportamiento agresivo humano en estos desgraciados acontecimientos. Y fue en 1997 cuando Itzhak Fried, del UCLA School of Medicine de California, proponía una interesante hipótesis explicativa para esos actos de crueldad y violencia contra víctimas indefensas que no suponen amenaza alguna para el atacante. Su trabajo, publicado en The Lancet, trataba sobre el síndrome E, un trastorno que según Fried podría explicar la transformación del comportamiento de aquellas personas.

Perfil del Síndrome E

Actos repetitivos y estereotipados de violencia caracterizados por la compulsión de no perdonar la vida a ninguna víctima.

Ideación obsesiva con una serie de creencias generalmente dirigidas contra una minoría. Según Fried, la combinación de este síntoma con el anterior recuerda al trastorno obsesivo-compulsivo, y afirma que metáforas del tipo “limpieza” se utilizan frecuentemente para justificar la violencia.

Perseveración en su comportamiento estereotipado que se mantiene incluso aunque se vuelva inapropiado para una situación dada.

Reactividad afectiva disminuida, pues estos comportamientos no se dan ni en el campo de batalla ni bajo una explosión emocional.

Hiperarousal entendido como la sensación de júbilo que aumenta en función del número de víctimas o de la magnitud de la destrucción.

Otras funciones cognitivas intactas, ya que suelen mantener un buen funcionamiento de la memoria, el lenguaje y la capacidad de solucionar problemas.

Habituación rápida o desensibilización a los actos violentos.

Compartimentación, o la posibilidad de realizar actividades que cognitivamente serían conflictivas, por ejemplo, llevando una vida familiar por un lado mientras que asesinan familias completas por otro.

Dependencia ambiental. En estos casos el comportamiento del individuo depende de forma extrema de variables contextuales, como pueden ser la obediencia a una autoridad o la dependencia del apoyo grupal.

Contagio grupal. El grupo se vuelve indispensable para mantener el síndrome y servir como forma de propagación del mismo, pues todos los miembros responden a los mismos estímulos y las respuestas de unos son los estímulos para otros.

Veamos qué variables se asocian con el riesgo de desarrollar este tipo de síndrome. Según Fried, entre los factores más importantes están el ser un varón y tener una edad comprendida entre los 15 y los 50 años. Además, es de señalar que las guerras civiles, los conflictos entre etnias o las condiciones extremas tienen una importante relación con estos cambios en el comportamiento.

Es importante distinguir el Síndrome E de los comportamientos que tienen lugar en el contexto de una batalla o durante un combate. Aunque es evidente que se cometen atrocidades, el comportamiento de los combatientes sí presenta la reactividad emocional ante los actos cometidos y los actos violentos suelen ser más incidentales y esporádicos que la repetición sistemática propia del Síndrome E.

¿Qué falla en cerebro en el Síndrome E?

La hipótesis de la fractura cognitiva. Un funcionamiento anormal del cerebro impediría generar las emociones adecuadas.