A tu cerebro le gusta que escribas a mano

Es difícil no pensar en la caligrafía de la misma manera en que se piensa en la pericia en la montura del caballo o en la pesca artesanal, o sea, como un arte que en su día fue útil y que hoy, gracias a la tecnología, queda como actividad recreativa. Pocos son los adultos que escriben a mano de modo sistemático, y a los niños se lo enseñamos cada vez menos. ¿Para qué, si lo que tengan que presentar en el futuro será en formato electrónico a partir de lo que tecleen en sus ordenadores, tabletas, o lo que sea?

Un momento, no tan deprisa, que a lo mejor va a haber que revisar ese lugar común. De hecho, ya lo están haciendo desde atalayas como la sección de ciencia del New York Times, donde  María Konnikova acerca la visión de, por ejemplo, Stanislas Dehaene, del Collége de France, que defiende que escribir a mano activa circuitos neuronales específicos. Esta visión se apoya en estudios como los de Karin James, de la Universidad de Indiana, o de Virginia Berninger, de la Universidad de Washington, que por un lado apuntan que la escritura a mano tiene beneficios motores derivados de la propia actividad (no vale con mirar como otro escribe), y que la variabilidad en el resultado de la escritura (reconocer como una “a” las infinitas maneras de escribir una “a”) es, en sí, una herramienta de aprendizaje. Aún más, la escritura a mano se ha mostrado como un modo estupendo de reforzar el auto-control en niños.

Y, por si fuera poca defensa de la caligrafía, terminemos esta pequeña entrada apologética con una referencia a las investigaciones de los psicólogos Pam A. Mueller, de Princeton, y Daniel M. Oppenheimer de la Universidad de California. Según Mueller y  Oppenheimer, los estudiantes aprenden mejor cuando toman notas a mano. ¿La explicación? Que eso permite procesar lo que escuchan y reinterpretarlo, lo cual redunda en un mejor entendimiento de la materia y en una mayor retención del contenido.

Así pues, no seamos fundamentalistas y si queremos un cerebro más competente, mezclemos viejas artes, como la caligrafía, con nuevas herramientas, como el entrenamiento cognitivo.

Por cierto, lector, ¿le has dado ya a tu cerebro su ración de Unobrain?