Para envejecer bien hay que reconocer que se envejece

En una entrada reciente, los amigos de Jubilare traían a colación un fenómeno interesante: la negación del propio envejecimiento y el efecto negativo de esa negación a la hora de adoptar actitudes favorables al envejecimiento activo.  Venían a decir Jubilare que la presión social y mediática en estos tiempos en los que se toma la juventud como valor en sí, como suprema y absurda aspiración, está haciendo que muchos mayores no se reconozcan como tales, privándose así de la posibilidad de tomar medidas para lograr adaptarse al inevitable paso de los años en las mejores condiciones posibles.

En Unobrain conocemos bien ese fenómeno.  Afortunadamente, contamos con un número no pequeño de visitantes que han pasado hace tiempo la barrera cronológica a partir de la cual se observa el comienzo del deterioro cognitivo asociado a la edad (45 años)   La mayor parte de esos visitantes son conscientes de que su memoria o su concentración no es la que fue unos años antes, pero también saben que sus cerebros son plásticos y que un entrenamiento adecuado como el de Unobrain contribuirá a ganarle terreno a la edad, a tener el mejor cerebro posible a las distintas edades.   Sin embargo, hay una minoría que reconocen las virtudes de los ejercicios de Unobrain y sus beneficios, pero para amigos y familiares, no para ellos mismos.  Ellos y ellas, a pesar de las evidencias (nuestro algoritmo, como el algodón, no engaña), se aferran a la imagen que se hicieron de sus personas en su momento, la de mujeres y hombres en su plenitud intelectual. 

Sería anecdótico si no fuese porque el ejercicio mental bien orientado sirve no sólo para obtener la mejor versión del cerebro de uno hoy, sino para construir la reserva cognitiva que permitirá mitigar los efectos de enfermedades como el alzhéimer o el párkinson mañana.  Y en eso, como individuos y como sociedad, nos va mucho.