Google Glass, ¿gafas cognitivamente peligrosas?

Como de costumbre, llega una nueva tecnología y ya tenemos a la tribu de los apocalípticos y a la de los integrados tirándose los trastos a la cabeza. En su día fue la energía nuclear, o los medios de comunicación, o la propia Internet.  Ahora le toca el turno a las gafas mágicas de Google.

¿No sabe de qué le estamos hablando?  Pues, apocalíptico o integrado, entérese o arriésguese a hacer el ridículo entre lo más tecno-in de sus amistades.  ¿Se imagina usted con unas gafas que proyecten sus correos, los mapas de la ciudad en la que esté caminando, la ventana de chat en un ladito de su campo visual? ¿Unas gafas cuyas aplicaciones se manejen con comandos de voz? ¿Y que además fotografíen o graben en vídeo lo que usted esté viendo?  Pues de eso hablamos, en términos groseros.

Las loas de los integrados de imaginación desatada que ven (o más bien, vemos, pues… ¿qué tal un módulo de EEG conectado a las gafas, de las que saldría un brazo con un sensor seco frontal?) incontables beneficios futuros no son lo más interesante de las reacciones públicas a Google Glass.  Interesa mucho más el aguafiestas que avisa de los efectos secundarios. Entre ellos, la consabida pérdida de privacidad (en este caso para el observado, y tal vez grabado, por las gafas), o el asunto de si tener tanta confianza en un cacharro basado en Android tiene sentido.

Ahora bien, la objeción más curiosa, y la que más cerca le pilla a Unobrain, es la expuesta por Daniel Simons y Christopher Chabris, profesores de Psicología en la Universidad de Illinois y el Union College, respectivamente.  Simons y Chabris alertan de los efectos cognitivos de las Glass, particularmente en lo que se refiere a la capacidad básica de ejercer la atención selectiva, es decir, a privilegiar lo importante sobre lo accesorio en lo que a nuestros escasos recursos atencionales se refiere.

Hoy, incluso el mayor adicto al correo electrónico en tiempo real sabe que quitar los ojos del camino para mirar la pantalla del móvil es una distracción.  Sin embargo, detectar el movimiento en la periferia del campo visual ha sido una herramienta básica de supervivencia, de forma que en un “entorno Glass” será mucho más complicado discriminar entre actividad visual primaria y subsidiaria. Más allá del aspecto de la seguridad vial (¿prohibirán la conducción con las gafas puestas?), es legítimo preguntarse si cacharros como Glass van a traer cambios en el cableado cerebral que hagan del humano conectado lo que ya empieza a ser, es decir, un inatento cuasi-patológico.

En fin, si es así siempre quedará compensar esos efectos con ejercicios que fortalezcan la atención selectiva.  Como los de Unobrain, sin ir más lejos.