‘Yo no estoy ciego’

Tenía 55 años y se tropezaba continuamente con las sillas y las mesas.  Era incapaz de alcanzar una taza de café que se le pusiera delante de los ojos, y sólo sentía a sus familiares y amigos cuando le hablaban. Su necesidad de ayuda para las actividades más cotidianas era más que evidente, pero este hombre nunca se quejó de ello. A pesar de que tenía muchas limitaciones, nunca admitió sus problemas visuales, encontrando siempre excusas cuando se le exponía directamente a sus fallos. Y sorprendentemente era capaz de describir detalles de su entorno que en realidad no existían…

A ella la encontraron tendida en el suelo de su casa. Tenía 83 años y cuando ingresó en el hospital presentaba una hemiparesia derecha (debilidad en el lado derecho del cuerpo, frecuentemente referido a brazo y pierna) que remitiría pronto, y una leve disfasia receptiva (problemas para comprender el lenguaje) que mejoraría con la rehabilitación. Se comportaba de forma extraña… como si estuviera ciega. Sin embargo ella afirmaba que podía ver…

¿Ciegos que no saben que lo son?

Los dos casos anteriores (Kondziella & Frahm-Falkenberg, 2011; Maddula, Lutton & Keegan, 2009) describen lo que sucede en el Síndrome de Anton, que incluye tres síntomas principales:

Ceguera cortical. Estos pacientes tienen las vías visuales anteriores intactas pero sufren lesiones en ambos lóbulos occipitales, lo que hace que la información visual que procede de los ojos y el nervio óptico no se procese, y la consecuencia final es un cuadro semejante a la ceguera.

Anosognosia. Sería la falta de conciencia sobre el déficit, en este caso, sobre la incapaz de ver. Así, estas personas creen fervientemente que pueden ver lo que en realidad no pueden, se comportan y hablan como si tuvieran visión. En el síndrome de Anton este síntoma se asocia con lesión en la sustancia blanca del área parietal (más frecuentemente del lado izquierdo).

Confabulaciones. En estos casos se referiría a la ‘invención’ de excusas para justificar sus limitaciones cotidianas debidas a la falta de visión, así como a la  ‘creación’ de un mundo visual que no existe y que describen a los que le preguntan.

El síndrome de Anton recibió su nombre de Gabriel Anton (1853-1933), un neuropsiquiatra austríaco contemporáneo de otros personajes importantísimos en la neurociencia como Carl Wernicke o Arnold Pick. Esta condición médica, cuando menos sorprendente, aparece generalmente secundaria a enfermedades cerebrovasculares, aunque también puede darse en casos de hipoxia o en traumatismos craneoencefálicos.