Para aprender un idioma pensar demasiado juega en tu contra

Eso de que los niños son mejores que los adultos a la hora de aprender un idioma nuevo es un lugar común. La explicación nos resulta obvia: hay un periodo sensitivo, que dura hasta la adolescencia y en el que la circuitería cerebral ligada al idioma materno no está tan sólidamente conectada como para impedir el aprendizaje de nuevas pronunciaciones, reglas gramáticas, etc. Menos, mucho menos evidente, es la explicación complementaria derivada de un bonito experimento puesto en práctica por un equipo de neurocientíficos y lingüistas de la universidad de British Columbia y del Instituto McGovern de investigación cerebral, instituto ligado al MIT.

Nueve palabras inventadas, encuadradas en tres grupos (A, B y C) según la presencia y orden de vocales y consonantes. Nueve palabras repetidas durante unos minutos, sin espacios entre ellas, a los sujetos del experimento. A algunos de estos sujetos se les permitió prestar su total atención a esta exposición al novedoso lenguaje artificial. A otros se les hizo completar un puzzle o colorear un dibujo mientras escuchaban. Después, se les sometió, a unos y a otros, a tres  tests.

El primero era un test de segmentación de palabras, donde debían identificar dónde empezaba y terminaba una palabra. Ahí el grupo de los atentos lo hizo ligeramente mejor que el de los inatentos. Lo mismo ocurrió con un test de ordenación de palabras en el que había que discernir entre secuencias “correctas” (primera palabra del grupo A, segunda del grupo B y tercera del grupo C) e “incorrectas” (cualquier otro orden). Ahora bien, donde la diferencia fue grande, y esta vez a favor de los inatentos, fue en el tercer test. Frente a los dos primeros, que tenían que ver con los ladrillos del edificio del nuevo lenguaje, o sea, con las palabras, el tercer test probaba la capacidad de los sujetos de comprender las reglas de construcción del edificio. Lo hacía presentando tríos de palabras donde una de ellas no había sido escuchada antes. A los sujetos se les preguntaba si les parecía que esa nueva palabra estaba en su sitio correcto, siempre pensando en que el orden “correcto” de palabras era ABC. Pues bien, la mayor atención prestada no sólo no contribuía a discernir las reglas ocultas del lenguaje, sino que resultaba contraproducente.

Este resultado encaja con la intuición que algunos lingüistas y neuropsicólogos tienen desde hace quince años, y que apunta a que el desarrollo completo de la corteza prefrontal en los adultos hace que ataquemos el aprendizaje de un idioma con todo nuestro arsenal cerebral, lo cual supone tener que analizar demasiada información de modo simultáneo. En ese sentido, el matamoscas del cerebro inmaduro del adolescente es una herramienta mucho más adecuada que nuestro cañón cerebral si de matar moscas se trata.

En conclusión, y ya que uno de nuestros consejos para mantener el cerebro en forma es atacar el aprendizaje de una nueva lengua, si tenemos que prestar atención a algo de manera consciente, que sea al vocabulario. Las reglas morfológicas, mejor dejárselas a la parte menos consciente. No vayamos a desbaratar nuestro propósito por un esfuerzo mental mal dirigido. Aprendamos de nuestros despreocupados enanos bilingües.

Ah, y hablando de consejos, ¿le has dado ya a tu cerebro su ración diaria de Unobrain